Luto

Me comentaron al principio y me rectificaron después, que mi carta hacia ti se extendió y por ende se divulgo, que la leyeron más personas de las que yo creía, no de las que hubiese querido, pues lo que dije es y será siempre para ti, y el hecho de que estuviese publicado era una forma o un anhelo suplicante de alcanzar a decirte todo lo que quería, y sabes, o por lo menos sospechas ahora, que nunca me ha gustado hablar sola.

Me alegro que haya ocurridó así, me alegro que alguien más que tu, yo y las personas escasas a las que les confié la carta, la hayan leído. Que tus amigos sepan, que con tu forma de ser, tan simple y tan complicada a la vez, todo en una, pudiste, sin proponértelo, que alguien que no te conocía tan bien, tuviese y quisiese hablar sobre ti.

Es mejor decir las cosas en su momento, me dijeron, yo nunca, hasta ahora lo hice, por seriedad, por cobardía, por temor a hacer el ridículo o por miedo a tu reacción quizás, pero el punto es que nunca lo hice. Si, ya sé que fui tonta.

Por medio de quien me leyó y no dijo nada, por medio de quien me leyó y lo paso alguien más, por medio de quien me leyó y me comento, por medio de quien me leyó y me agradeció, por medio de quien me leyó y me dijo lo que podía pasar si alguien más lo leía, por medio de quien me leyó y me dijo que le gusto, por medio de quien me leyó y me pidió también incluir su parecer, por medio de quien me leyó y les pregunto a otros si también lo habían hecho, por medio de todos los que entraron y de todo lo que pensaron, logre mi propósito: saber tu opinión.

Gracias.

Aun sigo esperando que me digan que no es cierto.

  

Un día conversando con Ovidio, nos dijimos la lista de personas que suponíamos y asegurábamos tendrían una vida normal sin sobresaltos, sin pena y sin gloria, como cualquier mortal, como cualquier vida, como la que él y yo no queríamos, tú estabas entre ellos. Pero ahora nunca sabré como hubiese sido tu vida.

Jamás te juzgue como frívola, jamás te acuse de superficial, no como a tantas otras, tú eras inocente, torpe, ingenua, cálida, bella, tu solo te habías acoplado a un molde y aceptabas tus limitaciones, tus defectos, tus inseguridades con integridad, sin traumarte más de la cuenta.

En el laboratorio de computación, cuando yo trabajaba por las dos, mientras revisabas facebook, me contabas como ibas a estudiar relaciones humanas, algo en lo que no tuvieses que pensar mucho me asegurabas, me mostrabas tu foto y recalcabas cada defecto en tu cuerpo, en tu rostro, en tu reflejo incluso que te hacía ver “mal” y “cerda”, un defecto invisible para mi, demasiado visible para tu gusto sobre la estética. Para mí, siempre fuiste muy bonita.

En cada examen parcial de matemáticas, en cada vez que tenían que evaluarnos para una materia efímera,  volteabas y dabas por sentado que ibas conmigo, mientras yo contestaba y te pedía calculadora, acariciaste mi cabeza y pasaste la mano por tu cabellera como si así pudieses tomar toda mi inteligencia, siempre me decías “yo quisiera tener tu cerebro, yo quisiera ser tu”,  me callaba,  nunca me atreví a decirte que por instantes deseaba saber que se sentía ser tu, que  en muchas ocasiones con todas mis fuerzas desee ser tu. Que aunque nunca te lo dije, en tu forma, a tu estilo muy peculiar, eras más inteligente que yo, aunque ahora no lo creas.

Cuando me puse a dieta, fuiste la única, que día a día, me decía lo bien que me veía con los kilos que perdía, incluso cuando la deje y el efecto perduro, tu siempre lo recalcaste, que fuerza de voluntad tienes me repetías, no, nunca la tuve, pero me hacia bien escucharte. Te interesabas en lo que pensaba, en lo que leía y porque lo hacía. Pero no sé si lo entendías, no sé si me entendías.

Aun recuerdo el día que te negaste a comer porque habías perdido la pastilla que quemaba la grasa de lo que ingerías, yo te decía que no importaba que comieras igual, pero te negabas y ante la mirada atónita de todos te levantaste y te paseaste por Soriana mientras hacíamos la semana laboral, para buscar la pastilla por todo el piso, nadie creía que la fueses a encontrar, pero tu dabas vueltas sobre tu propio eje en el departamento de ropa femenina y agarrando tu cabello con las manos para que no te tapara la vista, no sé si ese día comiste, solo sé que te quise dar un gran abrazo y nunca lo hice. Yo y una amiga hubiésemos matado por tener tus mejillas.

Tu tendrías que haber vivido, tu tendrías que haber estudiado la carrera que eligieses por el motivo que consideraras correcto, tendrías que haber hecho de tu vida lo que mejor te pareciera, tomar decisiones, ser impulsiva, preguntarle a Ponce a ti de qué demonios te servía saber quien había creado las leyes de Newton y todas esas cosas que tu creabas y que yo nunca llegue a conocer. No te dabas cuenta de lo que pasaba mas allá del espejo y así estabas bien.

Ovidio y yo, nunca creímos que fueses hacer algo trascendente, pero yo nunca me di cuenta que lo trascendente lo hacías cada día, que tu vivías, que tu hacías lo que el momento te dictaba a hacer, fuese correcto o no, pero vivías, que decías lo que pensabas y te reías de los resultados, que en el fondo, debajo de todo ese maquillaje, pintura y extensiones, siempre estaba Ana Cecilia. Ovidio, en su ámbito pensaba que te quedarías aquí y te casarías, que lo que decidieras ser y hacer, con ello serias feliz, de eso él estaba segurísimo.

Yo en mi memoria te doy tu gloria, porque para mí jamás serás la rubia tonta. Porque para mí, siempre serás hermosa.

Descansa, descansa para siempre, descansa en paz.

A los 14 años yo deseaba ser otra, ser ella

Quisiera ser ella, para que me voltearas a ver,
una sonrisa se dibujara en tus labios,
cada vez que me vieras aparecer.

Quisiera ser ella, para robarte un beso de esa boca,
que tantas palabras bonitas le ha dicho a otra.
Para que no puedas estar sin mí,
y una alegría invada tu ser al tenerme junto a ti.

Quisiera ser ella para que tus manos acaricien mi cabello.
Que con la pura mirada me digas te quiero,
para que no te hartes de mi presencia y de mis palabras,
en cambio te interesen mis metáforas.

Quisiera ser ella, para que le hablaras de mí
a la persona que te ama en silencio,
que inútilmente mediante un “poema”
trata de convertirse en ella.

Mi Feria

Hoy me paso algo que nunca me había pasado, hoy por primera vez me quede pasmada ante un hombre mexicano, hoy me subí al colectivo, hoy no llevaba feria para pagar el pasaje, hoy apague el Ipod cuando me subí, hoy alguien extraño me hizo sonreír.

Le pague al chofer.

-¿No tienes feria?

-Nada.

-¿A dónde vas?

-¿Perdón?

-¿A dónde mero vas?

-Al cultural.

-Luego te doy tu feria.

-Está bien.

Poso varias veces sus ojos por el vidrio retrovisor y varias veces lo voltee a ver… No me importo sus señales obscenas a su compañero de ruta, no me importo que pitara como desesperado porque la fila no avanzaba, ni que le dijera “entenado” a su compañero y mucho menos y contradictoriamente que viera las piernas y el trasero de las mujeres que se bajaban.

Solo veía el tatuaje en su muñeca, sus ojos cafés claros, su delgadez por su falta de sueldo estable, la sonrisa que me dedico y como varias veces volteaba a verme mientras yo estudiaba los fenómenos asociados a los niveles de organización de la ecología.

A una cuadra antes de llegar a mi destino, se acordó de mí y de mi feria, mientras yo pensaba que me daba pena pedírsela, que quizá nada más me bajaba y le dejaba el dinero.

-¿Tu me diste $20, verdad? – me susurro

-Si.

-Tu feria- extendió su mano hacia la mía.

-Gracias.

Se paro justo enfrente de mi escuela.

-Gracias- dije confundida por mi repentino desinterés.

-Que te vaya bien.

Entonces pensé “Que a ti también te vaya muy bien”.

Cuando entre al instituto, rodeada de capitalistas, de carros, de un ambiente de personas a las que nunca les ha faltado nada materialista y embargadas en el consumismo superficial y el comunismo frágil… Recordé que estoy enamorada de un argentino, de un argentino que no me contesta cuando le marcó.

14 de Febrero

Ellos planean su salida, ellos hacen como si yo no escuchara, como si no existiera… Yo finjo que nada me importa, que pueden hacer lo que quieran y reírse mientras lloro, mientras mi sonrisa no se formula, mientras escribo y una pareja de enamorados se agradecen los regalos.

A todos los dieron algo, todos recibieron un abrazo y yo me quedo con las sobras… Todos tienen alguien,  todos platican, todos hacen, todos dicen, todos cantan… La indiferencia ya no me da para más.

Ellos saben que estoy mal… Ellos piensan “Es solo Itzia” y voltean a decirse “¿Siempre a donde vamos?”

8 años

Cuando tenía ocho años y parecía un rinoceronte, me caí de las escaleras, mi cara fue a dar justo al piso y dos me pasaron por encima, dos caminaron sobre de mi, aplastando mi espalda, mis muslos, mis manos, mi cara. Mientras oía las risas de los demás.

Cuando tenía ocho años jugábamos a las escondidas… Yo contaba, yo buscaría… Cuando abrí los ojos ellos se habían ido.

Cuando tenía ocho años, yo no me juntaba con nadie, un día le pregunte a Diana si podría estar con ella en el receso, contesto que a cambio de unas papas fritas, las compre, nos sentamos, ella termino de comer en menos de cinco minutos, tomo sus cosas, me dijo “ya estuve contigo” y se fue con sus amigas.

Cuando tenía ocho años mi compañera rubia, de ojos verdes y de mi misma corpulencia, me tenía repulsión y me llamaba “la asquerosa gorda”.

Cuando tenía ocho años mi maestra creía que era una retrasada mental y solo me trato bien cuando necesito un favor de mi mamá.

Hoy, ocho años después, las cosas no han cambiado… No mucho…

¡Por favor! ¡Por favor! ¡Que haya alguien en el mundo con mayor conciencia que yo!

Mientras Melissa titubeaba de comprar unos zapatos de tacón alto y listones de color café, mientras ella ejercía y planeaba su vida en la visión estética y efímera de verse entrar a una fiesta con singular calzado. Una anciana de más de ochenta años, quemada por el sol, repleta de arrugas, cargando en su espalda con una joroba, bolsa de plástico negra y rebozos coloridos que inútilmente trataban de cubrir el cuerpo que temblaba por el frio y por la dureza de los pedazos de hielo que golpeaban frenéticamente la calle, entro a la tienda.

No me di cuenta de que decía, hasta que la empleada detrás del mostrador le decía con voz dura por debajo del hombro “Ese suéter cuesta $450” con una sonrisa respectiva que gritaba a los cuatro vientos “Váyase vieja asquerosa, váyase ahora”.

La anciana se dio la vuelta rumbo a la salida y me dijo mirándome “Hace mucho frio”. Habíamos cinco personas en ese cuarto pequeño y usurero… Y ella me dijo a mí que tenia frio… No a Melissa, no a sus amigas, no a las dependientas, me hablo a mí y yo solo pude contestar “si”.

Tenía el dinero necesario en la cartera para quitarle el frio a la senectud y no lo hice… Me enoje con la dependienta, quería gritarle “¡¿Qué no ve que tiene frio?! ¡No le está pidiendo que se lo regale, se lo quiere comprar! ¡Solo baje ese precio absurdo!”… Pero… ¿Quién es más inhumana la que no cede su mercancía o la que no cede a sus sentimientos? ¿Por qué no lo compre?