Servicio Social en el Psiquiátrico

Las personas que están ahí tienen una enfermedad sí. Tienen un trastorno, también, pero siguen siendo personas. No merecen que se les trate como seres inferiores, que se les minimice, que se les tire a lo loco, que no se les haga caso, que se burlen de ellos.

Los tratan como si fuesen niños pequeños que no entienden. Los administrativos comodísimos en el aire acondicionado, mientras los pacientes tienen que vivir de las sobras de los demás, de lo que el gobierno da y que las enfermeras utilizan para ir todas uniformadas y bonitas.

Estar ahí, enferma, crea una locura mayor. Los condiciona, los hunde en soledad, en el delirio de querer estar en otro lugar porque se ven a sí mismos: descuidados, olvidados, siempre detenidos por las mismas paredes, siempre escuchando las mismas voces que les hablan lejanas, ariscas y malhumoradas. O peor aún, resignadas, con lástima. Suplican todos a gritos un mejor trato aunque se puede decir que están “medianamente” bien cuidados. ¿Medianamente es suficiente?

Cuando entre por la puerta beige tuve miedo. Tuve miedo de no saber qué hacer, de no saber qué decir, de no saber que hacia ahí. Entre al cuarto, donde antes era una cocina, que se presumía de ser una sala de juegos, solo que sin juegos y sin personas divirtiéndose. Blanco todo el cuarto, con bancas rojas y azulejos, por todos lados, que me mareaban. Un librero café apolillado en el centro arrumbado pegado a la pared izquierda, confirmaba mis sospechas: Esto parece más bien una casa abandonada que un centro de cuidados.

Alguien ataviada de rosa desde el cuello hasta la punta, tomo un frasco, dijo querer jugar domino, me vio, me vio mucho y afirmo haberme visto ayer en el centro vendiendo boletos de lotería. Por primera vez en mi vida quise saber cómo se le pega al gordo. No conteste, sonríe. ¿Lo afirmaba o lo negaba? Berenice llego también de rosa, me saludo. Mientras una enfermera me decía que en la esquina estaba un niño, vestido de verde, que fuera con él. El niño de verde era Jorge.

Jorge, puede que tenga mi edad, no me habla, solo escurre baba, no juega solo deja que le pregunte qué hacer con el rompecabezas, no me mira, a veces me sonríe, me toma de la mano y vuelvo a preguntarle si quiere jugar. Quiere agua, toma el vaso, tiembla y se aladea a mi costado.

Las piezas del rompecabezas en formas humanas están incompletas, nadie podría jugar con ellas, Jorge no las quiere, las mira una y otra vez y me doy cuenta que ya las memorizo y que cada vez son menos. Volteo a buscar a las enfermeras que, sentadas cinco en una banca, platican de cómo la cuñada de una salió embarazada. Jorge me ha vuelto a sonreír, mientras está amarrado a su silla de ruedas. Pregunto que trastorno tiene, nadie sabe que decirme. Está aislado de los demás, mientras no sé que más hacer.

Las piezas de colores caen, una a una de la mesa, logro poner todas en su lugar, en la bandeja donde estaban, pero una se me escapa, permanece en el piso y él, Jorge, la señala una y otra vez para hacerme consciente de que falta. Estamos en la misma realidad. Jorge toma mi voluntad, repite lo mismo que yo hago, me contesta con monosílabos a mis preguntas, las entiende, las razona, es un humano, es un humano… Entonces: ¿Por qué no recibe ese trato? Jorge no suelta mi morral, no lo suelta, los enfermeros vienen, le dicen que me deje, que me tengo que ir, me dicen que no me asuste, no lo estoy. Jorge con su mirada me dice adiós.

Me mandan con otro interno, un hombre mayor, pequeño y  vestido, también, de verde que mira a todos distraído. Me siento alado, me voltea a ver y recorre con su mirada todo mi cuerpo y sonríe de la lujuria, vuelve a mirarme completa, me da pena, quiero pararme, pero este hombre no es consciente de sus actos. Su mirada vuelve a cambiar, ahora es tranquila y pacifica, parece que olvido que soy una mujer, parece que olvido lo que antes quería hacer. Pregunto si no quiere jugar, en su inocencia hace un bufido de molestia. No, no quiere jugar, un señor de 65 años no juega con estructuras de plástico… ¿Qué hace un señor de 65 años en un psiquiátrico? Pregunto cuál es su nombre, me lo niega, luego murmura algo despacio sonriendo y se levanta. La enfermera lo regresa, le dice que no es hora todavía de irse, lo pone a jugar con una pelota y un bote extra grande que antes contenía gel. El ya no me mira más.

La señora de rosa, la más cuerda según mis compañeros, no tiene memoria a largo plazo, hace dos años que fue internada y cree que fue ayer, no sabe nada de su estancia, de sí misma y nos asegura ser ella la doctora del lugar. Ese lugar necesita más doctores como ella. Llega una más a la sala de juegos, mayor ya y me dice que soy hija de no sé quién, que me reconoció por el morral que traía el sobrino, que si no conozco a la abuela y la nieta que a veces iban a su casa a verla. Le digo que sí, que vengo de ahí, que me acuerdo de algunos, pero que de otros no. Me dice que es normal, que eran familia lejana y me palmea la mano. No me doy cuenta de en qué momento se va.

Los enfermeros no los atienden, no les prestan atención. Hay una mujer que va conmigo a hacer su servicio social, ella no sabe qué hacer, no quiere que nadie se le acerque, es delgada, cabello lacio, tez blanca y labios saltones. Los dos enfermeros la miran embobados. Las enfermeras siguen ahí, mas de las que deberían ser, unas fingen jugar al domino, otras fingen prestar atención, otras hacen su trabajo para pasar el rato y otra me pasa papel de baño para que se lo de a Jorge y se pueda limpiar las manos.

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8 pensamientos en “Servicio Social en el Psiquiátrico

  1. A veces las personas, para trabajar en estos lugares, desarrollan cierto endurecimiento o ponen distancia, simplemente para poder soportarlo. Lo mismo he observado con el que trabaja con bebés graves, o con pacientes con cáncer.
    INcluso he escuchado a bomberos hablar entre ellos con un humor negro nefasto acerca del ser carbonizado que habían sacado de la casa quemada, de una forma que no creerías que un rato antes habían arriesgado la propia vida para intentar rescatar.
    A veces, no digo que sea este el caso, son estrategias para sobrevivir, para aguantar.
    Vos fuiste un día, un par de días; te la regalo tener que pasar los días, los años, ahí, por una necesidad laboral, sabiendo que -hagas lo que hagas- Jorge no va a progresar, que da lo mismo si al señor de 65 le das más o menos bolilla, total igual a lo sumo armará una torrecita con los cubos de plástico…
    Yo admiro mucho a la gente que logra trabajar en estos ámbitos, no es para cualquiera.

  2. me gustó mucho como lo contaste…
    espero que tu lo disfrutes y de verdad hagas algo, pues se que lo haras, y no seras como otra de las enfermeras besos!

  3. – Locos, que rotulo, no? Es como que se les pusiera un sello en la frente que dice ” Cuidado loco encerrado”. Hay adjetivaciones que no deberian existir. Hubo grandes genios, artistas, cientificos, grandes personas, a quien también se le puso el rótulo, y fueron genios atormentados que nunca dejaron de crear, hoy disfrutamos de lo que su locura nos dejo. Pero se los llamó ” locos”,sus almas eran sensibles, almas sensibles y frágiles. Buenas almas, atormentads por la incomprención de los que se creian no locos. Me gusta mucho tu blog.Es un placer leerlo. Un abrazo. Ade

  4. Jose Antonio: Están todos los que fueron escritos y medianamente conocidos.

    Raúl: Segurísima. No tuve que entregar mi pasaporte en ningún momento, al contrario, me dieron uno.

    Ashiku: Yo no los admiro… ¿Y sabes porque no lo hago? Porque se hacen los mártires o son puestos de tal forma, por personas que piensan igual que tu: “que las personas dentro del lugar no pueden progresar”. Podrían hacerlo, si no estuviesen al cuidado de personas que nada más van hay a sobrevivir o con la cruda resignación que nada de los cotidiano y establecido va a cambiar.

    Es cierto, yo solo fui una vez… Pero voy a seguir yendo, una vez por semana por todo el año y mitad del que viene. Acepto tu regalo.

    Efectosdelte: Gracias. Creo yo, que ya estoy haciendo algo. Pero habrá que ver. Por lo menos un pequeño cambio, quiero lograr.

    Ade: “Etiquetar a un niño de enfermo mental es estigmatización, no un diagnóstico. Darle a un niño una droga psiquiátrica es envenenamiento, no un tratamiento” – Thomas Szasz.

    Muchas gracias por entenderme y por leerme.

  5. Para aceptar mi regalo deberías ir a trabajar ahí, todos los días, 8 horas, aún los días en que no tengas ganas, en que te sientas triste, enferma, deprimida, el día en que te dejó tu novio o que tu hijo está enfermo, por un sueldo probablemente magro que te limite totalmente en tus expectativas.
    Mi “te la regalo” no era para ir a darse una vuelta una vez por semana, si tengo ganas, con todas las ínfulas de cambiar el mundo por sentarse a armar un dominó y así, desde ahí, juzgar fácilmente a los demás.
    ¡Un poco más de piedad con la gente! No sólo con los que muestran a los gritos necesitarla. No todo es blanco o negro, bondad o maldad, condena o salvación. Algunos no muestran tanto su sufrimiento, o su necesidad de cariño, como esos quizá que estaban alrededor de la hoguera, a los que no abrazaste, hace tan poco. Y hoy, mirate, apuntás con el dedo acusador a los que te rodean como si fueras un dechado de humanidad en todos los momentos de tu vida.

  6. Todos juntos interconectados creamos la realidad que quermos, o la que estamos acostumbrados sin danos cuenta, como una conducta ciclica y repetitiva. No sera que lo unoio que existe es seres evolucionando.

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