Servicio Social en el Psiquiátrico II

Y cuando volví a pensar, me di cuenta de que había criticado bajo el mismo prejuicio de los demás: los internos están mal. No, no lo están. Solo les hace falta un componente que resulta tan sádico como inquebrantable: el dinero. Las medicinas son caras, los tratamientos también. Las medicinas es lo que hace que ante los ojos de los demás parezcan que están bien.

El sanatorio los deprime, quieren irse. ¿Por qué deben de permanecer encerrados si no han hecho nada malo? ¿Por qué recluirlos alegando defectos de fábrica, si son seres humanos y no producto comerciales? ¿Por qué no aprender de ellos en lugar de querer enseñarles? ¿Qué tal si somos nosotros los que estamos “mal”? ¿Quién dictamina que ellos, los pacientes de un psiquiátrico, lo están?

Llego antes de lo previsto, me siento y espero, veo pasar a alguien, a alguien con una camisa roja de tirantes y un pantalón de mezclilla, con la bolsa ladeándose peligrosamente del brazo y cargando a un bebé de meses. Yo la he visto. Yo la he visto. ¿Dónde carajos la he visto? Estaba adentro, estaba en el psiquiátrico… Los chinos rubios perfectos, delgada, con su niño en brazos… Su esposo y, quizás, su papá están ahí, junto a ella, esperando que le den los últimos informes médicos.

Tiene a un esposo y aun bebé ¿Por qué no sonríe? No sonríe. La revisa una enfermera y le dice que ya se puede ir, que ya está bien. ¿Por qué sigue sin sonreír? El bebé es precioso, pequeño y rosado con un traje azul. Pero su mamá no parece, en verdad, feliz: ¿Quién dictamina que una depresión se cura en una semana? ¿Quién dictamina que una depresión se cura en un psiquiátrico?

Entro al cuarto y están casi los mismos internos que la vez pasada, nos miran distantes, aislantes y siguen allí como si el tiempo se hubiese congelado desde que los visite por última vez. Como si nada hubiese pasado, como si nada hubiese servido, como si nadie hubiera perdido, como si nadie hubiera nunca vivido. Jorge está con un enfermero: alto, delgado, con el cuello aruñado. Jorge permanece sentado en su silla, pero ahora no está atado, está sólo con su bata verde que nunca cambia y su sonrisa de “lo sé todo, pero hago como que no”. Lo saludo con la mano, lo saludo y me mira, me grita “Vente”, el enfermero se quita y tomo su lugar en la banca, jugamos con el rompecabezas de cubos, jugamos con el turista y me doy cuenta de que Socorro me mira.

Socorro tiene una semana ahí, no sabe porque está, pero su mamá la mando, ya se quiere ir, está adormilada y desanimada porque está sedada, espera que hoy la den de alta, lo dice con resignación, consciente de que puede ser que no sea hoy, que no sea mañana, que puede que pase largo tiempo vestida con su bata rosada.

Me pregunta que si mis lentes tienen aumento, le digo que si, me los pide prestados porque dice tener la vista cansada, me rehusó bajo la tonta excusa de que puede dañarle más porque no sabemos cuánto aumento necesita o si para empezar necesita lentes. Por dentro pienso que quizás no me los devuelve, que quizás los rompe, que quizás los aviente: ¿Desde cuándo me volví tan dramática? ¿Desde cuándo me comporto, como crítico, de manera inaceptable y poco humanitaria? Juega al “Uno” conmigo, es buena, sabe que piezas sacar y que piezas no, juega mejor que yo. Jorge nos mira sentado enfrente de nosotras, nos mira y mira la torre, nos mira y tira la torre.

“No les podemos dar ninguna clase de objeto”. Me repiten cada vez que entro… ¿Por qué no? ¿De qué forma se pueden dañar más que no sea ante la simple percepción de saberse rechazados, ante la simple percepción de no poder salir a disfrutar del concepto filosófico absurdo de lo que es la libertad? Les cierran el cielo por medio de un techo, les cortan el aire por medio de una jeringa y la voz con un puñado de pastillas que dicen los hará sentir mejor en un lugar, donde cada vez se van perdiendo, donde cada vez son menos ellos.

Una señora, comienza a cantar corridos norteños y canciones rancheras, le dice a Jorge que se van a ir al rancho y ella lo va a enseñar a montar, se subirán al tractor y desaparecerán entre la maleza del monte y el será su niño por siempre y ella cuidara de él, allá en el rancho, cuando los dos salgan.

Socorro y yo seguimos jugando al “Uno” y Myrna se nos acerca, dice que ella también quiere jugar y yo le digo que adelante. Las tres comenzamos. Me dice lo mismo que la vez pasada, que me parezco a una muchacha que vende boletos de lotería en el centro:

-Si vende boletos de lotería en el centro para pagarse los estudios, estudia Ingeniería Industrial, para mí que va a hacer una gran ingeniero porque le hecha muchas ganas. Mi primo también estudia eso y también es muy bueno, estudian ahí en el Tecnológico de Madero…. ¿Tu cómo te llamas?

-Itzia.

-¿Cómo?

-Itzia.

-¿Alicia?

-Itzia.

-¿Itzel?

-No, Itzia. I, t, z, i, a.

-¿Itzia?

-Si, así.

-¡Qué bonito nombre tienes!

-Muchas gracias.

Berenice comienza a llorar alado mío de la nada, comienza a llorar resignada, con furia y medicada. Me dice le dijeron las enfermeras que la doctora iba a ir la semana pasada, no se presento, le dijeron que iba a venir hoy, no ha llegado. Berenice comienza a pensar que se la están ocultando, que no quieren que tenga la consulta, que es un caso perdido y llora. Llora más y las enfermeras continúan sentadas.

Se oye un ruido, un ruido fuerte, una de las bancas rojas se cae, nadie hace nada por levantarla. Volteo y solo veo una banca tirada, al minuto el enfermero que estaba con Jorge se da cuenta de que hay un paciente en el suelo, amarrado de las piernas a la banca, lo levanta, le soba la cabeza, lo vuelve a sentar y vuelve a irse.

Antes de irme le pregunto a una enfermera, gordita y morena, la única que hace bien su trabajo, que cual es la enfermedad de cada uno de ellos. Jorge tiene parálisis cerebral, Myrna es bipolar y Socorro tuvo una crisis nerviosa. La señora que cantaba es esquizofrénica. Y siguen con las etiquetas.

Me tengo que ir, Myrna se despide de mí. Salimos del lugar, salimos y nos dicen nos vayamos por la izquierda, pues por la derecha hay pacientes fuera de sus habitaciones: ¿Qué pasa si me voy por la derecha?

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12 pensamientos en “Servicio Social en el Psiquiátrico II

  1. Es laberíntico este diseño.
    Hay un cuento de García Márquez, impresionante, de una chica que entra a un siquiatrico una densa noche de lluvia, buscando que le presten un teléfono, entra con un grupo de pacientes mujeres que vienen trasladadas de otro hospital. En el revuelo, la ponen junto a ellas, “por error” no aparece en las listas, así que la agregan de alguna manera. Es una loca que pide el teléfono, tiene esa manía… Eso es sólo el comienzo del cuento, por eso lo cuento, se me ponen los pelos de punta, es impresionante el clima que crea sólo de recordarlo.
    TAl vez alguien recuerde cómo se llama.

  2. Bueno, la verdad es que cuando me topo con este tipo de relatos, tan buenos y tan bien escritos, quedo asombrada. Es muy cierto. Una etiqueta sirve para tranquilizar a los supuestamente “normales”, una medicina sirve para maquillar y continuar la vida de clase media-alta, una depresión no se cura en una semana y sos un excelente escritor.
    Adri.

  3. Ayyyy! Me hiciste acordar de cuando acompañaba a mi madre a su tratamiento ambulatorio en un hospital psiquiátrico y, mientras ella tenía su entrevista con el psiquiatra, dentro del consultorio, yo debía quedarme afuera esperándola.
    Yo era chica, tendría unos siete u ocho años.
    Se me acercaban todas las internadas y me pedían cigarrillos, chicles, algo, cualquier cosa que pueda darles. Me acosaban, me presionaban y me daba muchas ganas de llorar.

    Uf!! Alguna vez escribiré sobre eso, Nehuatl.
    Nunca lo hice antes porque se ve que mi memoria emotiva lo había cancelado de alguna manera.

  4. Nehuatl: Cuidado con la tentación de irte por la derecha…
    Aprendí, hace muchos años atrás, cuando tenía una edad similar a la tuya, y en similares andares me llevaron mis pasos a vivir durante 2 meses en una clínica siquiátrica, para servir, acompañar y atender a enfermos de tal condición, que hay que creer a los empleados que te dicen cosas como esa…
    El típico comentario de “no entren en esa habitación”, basta para que la juvenil rebeldía te empuje a hacerlo, porque el paciente parece tan tranquilo, tan solo, tan triste, tan abandonado, tan inofensivo… para terminar siendo, con nuestra presencia, ninguna de esas cosas…
    Cuídate querida Nehuatl, y no desoigas la voz de quienes viven con esas personas más que una ocasional visita…

    La mente humana es un laberinto muy oscuro, en el que se entra a cada despertar, cada día, pero del que cualquier noche, por más que creamos conocer todos su pasillos, rincones y vericuetos, puede no consigamos salir…

  5. – Nunca entendí porque la gente se deprimia, hasta que un día la depresion me agarro con todas sus ganas. Quizá para que comience a entender. Exelente relato, muy buena narrativa. Ade

  6. Cuando me topé con el post, la verdad sentí como si lo estuviera escribiendo. Yo estudio Psicología, y me han surgido las mismas preguntas,¿por qué las etiquetas? ¿por qué no aceptar simplemente que los humanos son diferentes, y que cada uno vive las cosas a su manera?, ¿por qué si uno decide escaparse del mundo un rato lo catalogan como alguien que está “fuera de su realidad”? ¿cuál es la realidad?, y más aún, ¿cuál es SU realidad y qué derecho tienen los demás a juzgarla?

    Mi novio dice que el estudiar esto me está volviendo loca, que ya cumplí con el requisito principal para ser psicóloga… XD

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