Fruto de la tierra y el trabajo de los hombres

Pase tres días trabajando como inmigrante, sudando como cerdo, caminando como keniata, deshierbando como vaca y comiendo como pajarito en el campo. Pase tres días en la experiencia rural de la escuela para acreditar una materia. Y al final, después de seis hectáreas me entere que un tractor era el que hubiese hecho mi trabajo, mientras yo me alejaba de los matorrales de serpientes a carne viva.

Un tractor hubiese andado lo que yo camine, hubiese arrancado las plantas que yo corte, sin el menor esfuerzo y con mayor medida. Pero un tractor no siente, no sueña, no vive, no piensa, no llora, no se cansa, no se ahoga, no corre, no se harta, un tractor se descompone y es el campesino el que tiene que hacer su trabajo en condiciones más extremas de las que yo hubiese podido vivir.

Yo no tengo una familia a la que alimentar, ni hijos a los cuales educar, yo no tengo la piel quemada, ni sesenta y tantos años, ni acarreo el trigo de la ciudad al campo y luego lo siembro rezando que con ello pueda pagar la cuenta de dos años antes, a mi no me niegan al subsidio al campo porque donde vivo todo esta pavimentado y decimos tener conciencia ecológica con dos jardineras alado de la cochera, yo no aviento fertilizante para aplacar las plagas sin protegerme las manos y después tallarme los ojos y terminar con cataratas, yo no hago nada más que escribir lo que es la vida de los que saben ganarse el pan día con día y seguir comprándolo aun a un precio que rebasa por mucho su presupuesto.

Es que quizás no es que ellos tengan muy poco, si no que nosotros tenemos mucho. No es que ellos imiten nuestra conducta y se vean desgraciadamente ridículos, es que nosotros somos ridículos exagerando en lo que decimos, vestimos, compramos y aplaudimos. Es que nosotros olvidamos lo que es en verdad el esfuerzo humano.

Mi Feria

Hoy me paso algo que nunca me había pasado, hoy por primera vez me quede pasmada ante un hombre mexicano, hoy me subí al colectivo, hoy no llevaba feria para pagar el pasaje, hoy apague el Ipod cuando me subí, hoy alguien extraño me hizo sonreír.

Le pague al chofer.

-¿No tienes feria?

-Nada.

-¿A dónde vas?

-¿Perdón?

-¿A dónde mero vas?

-Al cultural.

-Luego te doy tu feria.

-Está bien.

Poso varias veces sus ojos por el vidrio retrovisor y varias veces lo voltee a ver… No me importo sus señales obscenas a su compañero de ruta, no me importo que pitara como desesperado porque la fila no avanzaba, ni que le dijera “entenado” a su compañero y mucho menos y contradictoriamente que viera las piernas y el trasero de las mujeres que se bajaban.

Solo veía el tatuaje en su muñeca, sus ojos cafés claros, su delgadez por su falta de sueldo estable, la sonrisa que me dedico y como varias veces volteaba a verme mientras yo estudiaba los fenómenos asociados a los niveles de organización de la ecología.

A una cuadra antes de llegar a mi destino, se acordó de mí y de mi feria, mientras yo pensaba que me daba pena pedírsela, que quizá nada más me bajaba y le dejaba el dinero.

-¿Tu me diste $20, verdad? – me susurro

-Si.

-Tu feria- extendió su mano hacia la mía.

-Gracias.

Se paro justo enfrente de mi escuela.

-Gracias- dije confundida por mi repentino desinterés.

-Que te vaya bien.

Entonces pensé “Que a ti también te vaya muy bien”.

Cuando entre al instituto, rodeada de capitalistas, de carros, de un ambiente de personas a las que nunca les ha faltado nada materialista y embargadas en el consumismo superficial y el comunismo frágil… Recordé que estoy enamorada de un argentino, de un argentino que no me contesta cuando le marcó.

¡Por favor! ¡Por favor! ¡Que haya alguien en el mundo con mayor conciencia que yo!

Mientras Melissa titubeaba de comprar unos zapatos de tacón alto y listones de color café, mientras ella ejercía y planeaba su vida en la visión estética y efímera de verse entrar a una fiesta con singular calzado. Una anciana de más de ochenta años, quemada por el sol, repleta de arrugas, cargando en su espalda con una joroba, bolsa de plástico negra y rebozos coloridos que inútilmente trataban de cubrir el cuerpo que temblaba por el frio y por la dureza de los pedazos de hielo que golpeaban frenéticamente la calle, entro a la tienda.

No me di cuenta de que decía, hasta que la empleada detrás del mostrador le decía con voz dura por debajo del hombro “Ese suéter cuesta $450” con una sonrisa respectiva que gritaba a los cuatro vientos “Váyase vieja asquerosa, váyase ahora”.

La anciana se dio la vuelta rumbo a la salida y me dijo mirándome “Hace mucho frio”. Habíamos cinco personas en ese cuarto pequeño y usurero… Y ella me dijo a mí que tenia frio… No a Melissa, no a sus amigas, no a las dependientas, me hablo a mí y yo solo pude contestar “si”.

Tenía el dinero necesario en la cartera para quitarle el frio a la senectud y no lo hice… Me enoje con la dependienta, quería gritarle “¡¿Qué no ve que tiene frio?! ¡No le está pidiendo que se lo regale, se lo quiere comprar! ¡Solo baje ese precio absurdo!”… Pero… ¿Quién es más inhumana la que no cede su mercancía o la que no cede a sus sentimientos? ¿Por qué no lo compre?

¿Paz? ¡Chinga tu madre!

Paz propone inventar nuevos modelos humanos, dejar de llegar tarde a todos lados en la repartición de bienestar prospero y futurista, reconstruir nuestro pasado y nuestra esencia… Perfecto… ¿Pero cómo podemos reconstruir lo que rechazamos?

Criticarse para poder criticar, ser para poder opinar, vivir para poder aconsejar y hacer para poder decir… Perfecto… ¿Pero cómo se autocritica, como se es, como se vive y como se hace? Es muy fácil sugerir, es muy fácil plantear propuestas, es muy fácil delimitar el problema pero no cualquiera puede abordarlo, no cualquiera predica con el ejemplo. No podemos estar impasibles en la vida dejándola ser.

¡No a los dictadores! ¡No al monologo! ¡No a la monarquía! ¡No a la unidad! – Proclama el señor Octavio Paz… Bien… ¿Pero no será acaso que un solo individuo se tiene que levantar y ordenar porque toda la humanidad permanece acobardada?

¡El pueblo unido jamás será vencido! ¡El pueblo unido jamás será vencido!

 La sociedad estaba entregada casi en su totalidad al gobierno, hastiada en una represión que daba sus frutos en la regresión de un país que confundía la sed de una reforma con las ansias esquizofrénicas de una revolución.

¿Para qué traer artistas, compañías de danza, escritores, dramaturgos, para que defender el arte para suprimir la competencia de las Olimpiadas, si suprimieron vidas para seguir con la máscara de la perfección y el progreso? En nombre de progreso tenemos tecnología, tenemos comodidad, tenemos relaciones a larga distancia, tenemos lo que parecía imposible tener pero a cambio de eso nos estamos convirtiendo en la escoria de la humanidad. ¡Qué caro nos está saliendo el progreso! ¡Qué bien se nos da el retroceso!

Que tonto es educar en las universidades en ideales a las personas para luego arrojarlas a una sociedad que se olvido por completo de ellos.  Que tonto es educar en la irrealidad efímera con la esperanza de lograr una utopía, para después decirles que la realidad es cruda y decapitaron a Tomas Moro por no prestarse al divorcio del rey. Que tonto es llenarnos de esperanza para después decirnos que viviendo con ella te mueres de hambre. ¡Qué tonta y estúpida es la humanidad!